Uno mira el cielo y se convence de que ahí, arriba, está su nombre. Quiere ser explorador de lo infinito, arquitecto de estrellas, funcionario del vacío. Inventa un yo que flota por encima de lo común. Pero la realidad es otra. No hay hazaña en el desayuno. El posible héroe se mancha con el mate, discute por un turno en la V.T.V., y posterga todo porque hay que pagar la patente. La rutina no es un castigo: es lo único verdadero. Hizo la cama, barrió la cocina, durmió ocho horas. Eso es lo grande. El problema es que ahora todos deben ser excepcionales. Pero nadie explica cómo serlo un martes a las tres de la tarde. Entonces se sufre por no ser una estrella, cuando lo extraordinario sería aprender a vivir sin estridencias, a estar donde hay que estar. Al final, todos terminan haciendo lo mismo. El que quería Marte se sienta a mirar la tele. El que soñaba con la gloria escucha el microondas. La grandeza se disuelve en apagar el despertador, en poner jabón en el lavarropas, en cerrar una bolsa de basura. No hay nada más. Así que ya está. Hacé la comida, atendé el timbre, regá esa planta. El universo no te espera. Pero tu cama, sí.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
NO HAY HAZAÑA EN EL DESAYUNO
Uno mira el cielo y se convence de que ahí, arriba, está su nombre. Quiere ser explorador de lo infinito, arquitecto de estrellas, fun...
-
Uno piensa una cosa, y dice otra. O promete algo, y no lo realiza. Es una ruptura. Un desgarro. Si se repite, cansa. La opción es simpl...
-
Un hombre cruza la calle. Lleva las manos en los bolsillos y camina como si ya supiera adónde va. En la esquina, una mujer espera el c...
-
Era una noche de diciembre, cálida. Sobre la mesa, un mantel blanco. Una botella vacía. La luz entraba desde la calle. Sonó el timbre. ...
No hay comentarios:
Publicar un comentario