Primero, el vacío. Un hueco con la forma exacta de quien se fue. Uno corre, llena el tiempo con cosas, pero el hueco tiene su gravedad. Al final, te vence por cansancio, no por fuerza. Entonces te sentás. Y entendés. Lo que amaste no se perdió. Se internalizó. La voz, las ideas, la manera de ver el mundo… eso no se va a ningún lado. Se convierte en una parte tuya, una capa más de tu ser. Extrañar es, en el fondo, reconocer que esa persona ahora vive en uno. Es un diálogo que nunca termina, pero que ahora es íntimo, privado. Ya no es un fantasma al que se persigue. Es una presencia construida con los materiales que él mismo te dio. Su herencia verdadera no fue de objetos, sino de sí mismo, fundido en tu carácter. Así, la pérdida se transfigura. La ausencia del otro afuera se resuelve con su permanencia adentro. Y uno, al llevar esa voz incorporada, se vuelve, también, un poco más él. Es la única forma de ganarle al tiempo. La única manera de que el final no sea un punto, sino un latido.
sábado, 22 de noviembre de 2025
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