Una habitación vacía. Una cuna. Una ventana. Alguien entra. Llena el espacio de objetos y de sentido. Cree, por un momento, que eso es el amor. Pero el amor no es lo que traés. Es lo que guardás en silencio. El niño no mira los juguetes. Mira el lugar donde antes sólo había luz. Lo que le dan, lo asfixia. Así que se retrae. Hace en su pecho un claro. Recupera la desnudez original. La nada es su único territorio verdadero. No es una lección de pobreza. Es una lección de aire. En la música, la verdadera nota es la que nace del silencio. Lo que alimenta no es la comida, sino el hambre. Todo está en la pausa. En el momento justo antes de dar. Por eso, quien ama debe conservar un deseo puro e intacto. Un pensamiento libre. Un pequeño secreto. Ese es su verdadero regalo: una falla por donde entre la luz del vacío. Y en ese vacío, el niño, por fin, imagina. La única enseñanza es esta: no ofrezcas todo lo que tenés. Ofrecé, en su lugar, el silencio. Custodiá la palabra no pronunciada. Honrá la habitación vacía. Ese es el acto único y necesario. Lo demás es ruido. Y el ruido, al final, siempre aturde.
miércoles, 28 de enero de 2026
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