Un hombre con miedo no tolera la soledad. Inmediatamente imagina una presencia a su espalda. Llena el vacío con un juez, un enemigo, un testigo. Su vida es un diálogo con ese fantasma. Nunca descansa. Un hombre tranquilo prefiere el lugar vacío. No pone a nadie detrás suyo. Su mayor mérito reside en poder soportar la propia compañía, sin necesidad de inventar otra. Eso es la fortaleza verdadera. Esta capacidad no se enseña. Es un logro privado, de los que se conquistan en silencio. Se reduce a un acto simple pero definitivo: sentarse y no hacer nada. No llenar el tiempo con palabras o recuerdos. Dejar que el presente sea sólo eso: presente. Cuando se consigue, ocurre algo profundo: todo lo accesorio desaparece. Y lo único que queda, en una verdad desnuda e irrebatible, es uno. Ya no hay miedo. Hay paz.
miércoles, 21 de enero de 2026
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