Tener la razón. Eso parece lo importante. Acertar, dar en el blanco. Como si la vida fuese un examen y existiera una respuesta correcta para cada pregunta. Pero no es así. Pienso en alguien que elige un camino. Camina, seguro. De pronto, se da cuenta: no es el camino que creía. Se equivocó. Podría dar media vuelta, enojado, frustrado. O podría detenerse, mirar a su alrededor. Notar que allí el aire huele distinto. Que la luz cae de otra manera. Que desde ese lugar se ve lo que desde el otro no se veía. Así es. El privilegio no consiste en abrir siempre la puerta correcta. El privilegio está en no paralizarse al abrir la equivocada. Sentir curiosidad. Porque ese instante en que admitís el error es un instante de libertad pura. Nada estaba escrito después de ese punto. Ahora, todo puede ser escrito. Lo más bello es el blanco de esa hoja. El alivio. La tranquilidad de quien, habiendo errado, descubre que no ha perdido nada. Ha ganado un nuevo comienzo. El próximo capítulo no nace del acierto. Nace, siempre, de esa valentía que dice: "me equivoqué". Y sigue caminando.
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