La lucidez no es lo que la memoria guarda. Es la forma que adopta el pensamiento. Primero, el ritmo. Una pausa. No es debilidad: es atención. Mirás dos veces. Sospechás hasta de tu propia certeza. Ahí nace la primera honestidad. Luego, la necesidad de lo concreto. El relato no te satisface. Exigís la prueba, el testimonio irreductible. Es un pacto de pureza: no adulterar lo real con interpretaciones cómodas. Después, la aceptación del límite. Sabés que todo es más profundo. Y tenés, al mismo tiempo, la entereza para decir "no lo entiendo". Ese es el conocimiento más alto: contemplar el misterio sin profanarlo con explicaciones. En síntesis, una mente ágil, no llena. Resistente. Porosa. Que desoye con idéntico rigor la prédica fanática y la elocuencia vana. Que admira la obra maestra sin hacer de ella un templo. Todo conduce a una elección irrevocable. A preferir, siempre, la áspera textura de lo que es, sobre el suave consuelo de lo que se desea. Lo demás, es literatura.
martes, 13 de enero de 2026
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