Hay una sala. Antes, la gente se reunía y hablaba ahí. Lo llamativo era el silencio que administraban. Un silencio activo: un espacio dejado a propósito entre una frase y la siguiente, para que allí nazca la réplica del otro. Necesaria. La democracia nació de esa economía del ruido. Era un pacto: callar un poco para oír. Ahora la sala es distinta. No tiene paredes, pero cada persona lleva consigo una pantalla. Hablamos sin pausa, pero nuestras palabras no viajan: se estrellan contra nuestra propia pantalla y vuelven a nosotros, más fuertes, confirmando lo que ya pensábamos. Llamamos comunicación a este circuito cerrado. Es un sistema perfecto: no hay afuera, no hay discordancia, sólo un flujo constante de la propia imagen. El ciudadano, en este diseño, es un malentendido. Su valor está en su exposición, no en su reserva. La política se vuelve entonces una coreografía de emociones en bruto. No se debaten ideas; se certifican sensaciones. Hubo un tiempo en que la dignidad era lo que uno no entregaba. Un núcleo opaco que te hacía incomprable. Hoy, la transacción exige que lo entregues todo. La intimidad es el capital. Y un ser sin opacidad es un ser manipulado: siempre visible, siempre calculable. Así, la crisis. No es el estruendo de un derrumbe. Es el sonido hipnótico de una sala llena de gente que habla sola, convencida de que está en una gran conversación. La democracia no muere cuando la atacan. Muere cuando el silencio compartido se disuelve. Cuando todos hablan, pero ya nadie escucha. Cuando el vacío se llena de palabras y se vacía de sentido.
jueves, 15 de enero de 2026
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