sábado, 31 de enero de 2026

PERDER PARA GANAR

     Un mate de calabaza. Cada mañana, el hombre llenaba la yerba. Vertía un poco de azúcar. Después, el agua caliente. Así empezaba el día. Durante años. Hasta que una mañana dejó el azúcar de lado. No hubo razón. No hubo drama. Simplemente, el dulce ya no estaba. El primer sorbo fue una revelación. La yerba mostraba su verdadero rostro, sin máscara. No era mejor ni peor; era otro. Y el hombre que lo probaba, también. Así se cambia. No sumando, sino soltando. Se quita algo que creíamos esencial y, en el espacio vacío que deja, nace una nueva manera de ser. Se pierde un gusto; se gana una verdad. Tiempo después, también la calabaza fue a parar al estante de los recuerdos. En su lugar apareció uno forrado en cuero, rústico, que guardaba en su centro un recipiente liso. No tenía historias grabadas en su superficie. Sólo prometía contener. El ritual se hizo más silencioso. Se veía subir la espuma, el movimiento verde de la yerba. Era la fusión de lo tosco y lo exacto: la protección áspera por fuera, la superficie perfectamente lisa por dentro. Ahora el sabor es lo que es: amargo, limpio. Suficiente. La verdad ya no necesita disfraz, ni la costumbre, un altar. Cuando termina, lava el interior liso, lo seca. La calabaza vacía observa, desde su altura, desde su pasado. Perdió el dulce. Dejó atrás la forma familiar. Y encontró, al fin, el puro acto de tomar mate.





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