Ordená la habitación. Retirá lo que sobra, lo que estorba. Liberá el paso. No para vaciarla, sino para que el aire circule. Con el amor, igual. Desarmalo con cuidado. Llevalo a su esencia: el acto puro de amar. Ese es el trabajo. Despojarse. No para anularse, sino para dejar el terreno exacto donde todo pueda florecer. Entonces la soledad no es un final. Es el principio. El instante en que aparece el que siempre fuiste. Otro. No un extraño: una versión paralela y perfecta. El que ya viajaba con vos. Es un viaje quieto. No hay progreso, sólo existencia. Se es como un vaso, o un árbol. Dejás de ser distinto, no por debilidad, sino porque soltaste el fatigoso arte de ser otro. Sólo quien se ha despojado comprende esa plenitud. Entonces todo adquiere una tonalidad única. Luz sobre luz. No es resignación: es el color de lo necesario. El color de quien, estando completamente solo, ha hallado la única compañía que importa. Ahí se encuentra el color más bello. El color definitivo del mundo, visto desde una habitación ordenada, al fin habitable. Ese color.
domingo, 1 de febrero de 2026
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