Ordená la habitación. Retirá lo que sobra, lo que estorba. Liberá el paso. No para vaciarla, sino para que el aire circule. Con el amor, igual. Desarmalo con cuidado. Llevalo a su esencia: el acto puro de amar. Ese es el trabajo. Despojarse. No para anularse, sino para dejar el terreno exacto donde todo pueda florecer. Entonces la soledad no es un final. Es el principio. El instante en que aparece el que siempre fuiste. Otro. No un extraño: una versión paralela y perfecta. El que ya viajaba con vos. Es un viaje quieto. No hay progreso, sólo existencia. Se es como un vaso, o un árbol. Dejás de ser distinto, no por debilidad, sino porque soltaste el fatigoso arte de ser otro. Sólo quien se ha despojado comprende esa plenitud. Entonces todo adquiere una tonalidad única. Luz sobre luz. No es resignación: es el color de lo necesario. El color de quien, estando completamente solo, ha hallado la única compañía que importa. Ahí se encuentra el color más bello. El color definitivo del mundo, visto desde una habitación ordenada, al fin habitable. Ese color.
domingo, 1 de febrero de 2026
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
LA TRAMA
Uno es vulnerable. La obsesión es creer que eso se tapa con algo grande. El autoengaño es creer que ya lo tapaste. La perfección no exi...
-
Uno piensa una cosa, y dice otra. O promete algo, y no lo realiza. Es una ruptura. Un desgarro. Si se repite, cansa. La opción es simpl...
-
Un hombre cruza la calle. Lleva las manos en los bolsillos y camina como si ya supiera adónde va. En la esquina, una mujer espera el c...
-
Era una noche de diciembre, cálida. Sobre la mesa, un mantel blanco. Una botella vacía. La luz entraba desde la calle. Sonó el timbre. ...
No hay comentarios:
Publicar un comentario