Todas las noches, lo mismo. La mujer pone la mesa para dos. Los platos, los cubiertos, las servilletas. Luego se sienta y espera. El otro lugar está vacío. Vacío desde hace años. Y sin embargo, ella pone la mesa igual. Afuera, en la calle, hay un hombre que mira. La ve, noche tras noche, colocar ese plato que nadie usará. Podría tocar el timbre, podría pedir. Pero no pide. Apoya la espalda en el poste. La noche pasa. Ninguno de los dos hace nada. Ella no deja de poner el plato. Él no deja de mirar. Hasta que una noche, ella mira hacia la ventana. Ve la silueta. No se levanta. No abre la puerta. Pero no aparta la mirada. Y entonces ocurre: el plato vacío y el hombre de la calle. Uno dentro, otro fuera. Entre ellos, sólo el vidrio. Ella nunca deja de poner la mesa. Pero a veces piensa en ese plato vacío. Y en que quizás, desde la calle, parece un plato lleno.
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