La primera mitad de la vida se pierde; no hay manera de evitarlo. La segunda, se pasa entera queriendo recuperarla. Pero el tiempo no es una cosa que se recoja del suelo. No vuelve. La melancolía no sirve para nada. No es una herramienta. Es apenas mirar hacia atrás y saber que ya es tarde. Pero tal vez su única virtud sea esa: no servir. Porque lo que sirve se gasta, y lo que no, permanece. Uno no debería querer que los minutos vuelvan. Debería mirar el minuto que está pasando y decirle: quedate. Pero no se queda. Nunca. La vida, entonces, no necesita ser recuperada. Ya está: en cada cosa que se hizo mal, en cada hora desperdiciada. El resultado de eso, de algún modo, es lo que uno es. Y acaso sea eso, justo eso, lo único que nunca se pierde del todo.
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