Aprender a dejar atrás. No es algo que se enseñe. Se aprende solo, con los años. Uno guarda cosas. Las guarda porque cree que allí, en esas cosas, está lo que fue. Las manos duelen. Los recuerdos pesan. Y así camina uno, con los brazos cansados de sostener lo que ya no es. Pero llega un día. Un día cualquiera. Y uno, simplemente, abre la mano. Porque puede. Aquel beso. El banco de aquella plaza. El sol de la tarde. Todo eso fue. Fue verdad. Pero la verdad no exige que uno se quede. La belleza, tampoco. Uno mira atrás y ve a ese muchacho. Ese de las primeras veces. Ese que creía que todo volvía, que todos sentían lo mismo. Y descubre que no. Incluso ese muchacho, ya no está. Es otro el que mira. No hay enseñanza en esto. No hay heroísmo. Hay apenas una verdad: soltar lo que se tuvo, para tener lo que se es ahora. Uno cierra etapas como quien cierra una puerta. Sin mirar hacia atrás. Porque lo que importa ya no está ahí. Está adelante. En lo que viene. En lo que se es ahora. Ahora soy el que vino después.
jueves, 19 de marzo de 2026
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