Hay una tristeza más grande que la de los sueños que no se cumplen: aquella en la que se pierden las ganas de soñarlos. Mi gato duerme en el respaldo del sillón. Cuando le pregunto qué hace allí, abre un ojo y me mira como si la pregunta fuese un error. Después vuelve a cerrarlo. Eso es todo. No guarda ningún sueño, ninguna ansiedad de futuro. Los humanos solemos confundir querer con tener. Por eso, cuando se va lo que teníamos, creemos que se ha llevado también el deseo. Mi gato me muestra otra cosa: cuando busca el calor, lo encuentra. No se acaba porque algo se pierda; se acaba cuando uno olvida que desear es mantenerse abierto. A veces lo veo estirar una pata hacia el rayo de luz. No intenta atraparlo. Apoya la almohadilla en ese lugar tibio y se queda así. Esa manera de estar me parece, a veces, más cierta que cualquier ambición. No conoce la pena de lo que pudo ser y no fue, no porque haya resuelto nada, sino porque nunca se aleja del lugar donde las cosas pasan. Tal vez la única virtud que importa sea saber que soñar no es tener un sueño, sino conservar las ganas de estar en el umbral. Mi gato lo hace sin esfuerzo: se sienta en el marco de la ventana y mira hacia afuera. Sin apuro. Pero sin rendirse.
miércoles, 25 de marzo de 2026
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