Hay un momento en que uno deja de hacer. No es una decisión. Es una fatiga que no viene del cuerpo: viene de lo que uno hace. Un día, en medio de la tarde, uno está sentado. Y de pronto ya no hay nada que hacer. No es que falten tareas: es que el sentido se ha ido. Entonces uno mira lo que hizo. No lo del día: lo de los años. Y ve una cadena perfecta. Metas cumplidas. Proyectos terminados. Ascensos. Logros. La máquina de la eficiencia funcionando sin fallas. Pero la cadena no lleva a ningún lado. Cada eslabón sostiene al siguiente, y eso es todo. No hay un final. No hay un lugar donde decir hasta aquí. La trampa no era el fracaso. La trampa era el éxito. Porque el éxito no libera: exige más. No hay descanso que no sea, ya, una inversión para el próximo logro. Esa tarde, en la quietud, algo se desprende: detrás del hacer no hay nada. El progreso era un cuento. Los sueños eran objetivos con otro nombre. Y la mayoría de las cosas que uno hace, las hace para alimentar esa maquinaria que prometía llevarlo a algún lugar pero sólo lo mantenía en movimiento. Entonces entiende. El gesto verdadero es aquel que no espera retorno. Hacer por hacer. Como quien pasa la escoba sobre un piso que ya está limpio: la utilidad no importa, sólo el movimiento. Un encargo sin encargo. Un salario que uno mismo se paga para ejecutar lo que otros -cada cual con su oficio, sus exigencias mínimas- le señalan. Pero sin que ninguna de esas cosas merezca llamarse proyecto. Así, una después de otra. Con la indiferencia cortés de quien entrega un paquete y se retira. Y allí ocurre lo inesperado: cuando la desdicha no halla a quién dañar, cuando registra que no hay deseo al que aferrarse, entonces se aburre, se retira, deja de insistir. Es el único golpe que no sabe devolver. Más seguro que cualquier amuleto.
miércoles, 25 de marzo de 2026
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