Un auto viejo, repintado de verde, está quieto en una calle de adoquines. En el techo y en la tapa del baúl, plantas y flores. Es un adorno. Pensamos en él y entendemos. Nada es lo que parece. Los jueces no juzgan. Los poetas no poetizan. Los guardias no guardan ¿Dónde estuvo el error? ¿En nuestra fe o en la realidad? Nadie está a la altura de su nombre. La desgracia es pedirle a un juez que juzgue. La delicia es comprobar que las cosas siguen ahí. El auto no es un auto. Ya no lleva. Sólo está. Verde, florecido, sobre los adoquines. Dejó de ser un objeto para ser una presencia. Las funciones son cuentos. Las cosas son apenas lo que son. Y ese verde, sin destino, es más verdad que cualquier motor.
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NADIE ESTÁ A LA ALTURA
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