A finales de julio, el invierno ya no sorprende. Uno aprende a moverse: pasos cortos, manos en los bolsillos. Los días son apenas un parpadeo: la luz llega tarde y se va temprano. El frío no aleja, acerca. Achica las distancias, vuelve más densas las conversaciones. Un libro es más libro. Nada sobra. Lo importante queda cerca; lo demás, afuera. El invierno ordena. Esa paz se prolonga hasta que el frío pesa. La ropa cansa. La noche se estira, llega antes, molesta. No se lo odia, pero ya no se lo quiere: se lo soporta. Eso es el principio del fin. Pero será después. Ahora, en julio, el invierno es un oficio que uno sabe llevar. Porque el frío no es un enemigo: es un espejo. En esos días breves, las cosas son como son, no como uno quiere que sean. Justas. Suficientes. Y eso, quizás, es toda la verdad que uno necesita.
sábado, 18 de julio de 2026
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JULIO
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