El viento
azota una puerta olvidada que alguna vez estuvo cerrada con firmeza. Ahora se
tambalea, golpeando incesantemente, como si del otro lado se escondiera una
tormenta imposible de contener. Sólo porque
lo sientes no significa que esté ahí. No, no está ahí. No hay monstruo, ni
espectro, ni amenaza real, sólo el eco de lo desconocido, amplificado hasta
convertirse en un estruendo insoportable. Para el alma cada golpe es un
presagio, cada sonido una promesa de catástrofe. En los
rincones más oscuros de la conciencia, donde la luz de la razón apenas alcanza,
las sombras cobran vida. Ahí se construyen peligros con la misma facilidad con
la que se crean sueños. Se imagina un abismo al borde del cual siempre se está
a punto de caer, aunque los pies sigan fuertemente plantados en tierra firme. El
corazón se acelera, como un potro desbocado corriendo en círculos en un corral
que no existe. Y así, cada pensamiento es una batalla, cada suspiro una tregua
frágil entre una paz fugaz y el caos que amenaza con volver. Es un juego
cruel, este de la mente. Un laberinto donde los muros no son reales, pero se
levantan altos y amenazantes, bloqueando el paso hacia la serenidad. Y la vida,
en ese instante, no es más que una colección de futuros posibles, cada uno más
terrible que el anterior, todos tan improbables como inevitables parecen. La
puerta sigue golpeando, insistente, recordando que, aunque no haya peligro, el
miedo siempre está dispuesto a inventarlo. Y en esa invención, la realidad se
deforma, hasta que lo que era un susurro se convierte en un grito, y lo que era
una simple brisa se transforma en un huracán que arrasa con todo a su paso,
dejando sólo la esperanza de que, en algún momento, el viento cese y la puerta,
finalmente, se cierre.
martes, 19 de noviembre de 2024
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