La vida es una llanura. Al final, caminás solo. Somos todos viajantes por la misma ruta, pero cada uno mira su horizonte. Al lado hay otros. Algunos los sentís al alcance de la mano. Otros son como postes en la banquina, que se ven pero no se tocan. Sus mundos están ahí, separados por un vidrio transparente. O simplemente se pierden en la polvareda del día a día. A veces, el vidrio se empaña y se puede dibujar algo. A veces, la polvareda se calma. Ahí pasa: una conexión. Un instante en que el otro no es un paisaje, sino un espejo. Son momentos raros. Como pescar, en el río infinito de la vida, un solo pez plateado y verdadero. El amor es eso. No es un sentimiento, es un hecho: es cuando el vidrio desaparece. Cuando dos soledades se encuentran y, por un rato, dejan de serlo. No se funden, no: se reconocen. Como dos faros que, en la noche, cruzan su luz. En ese cruce, el mundo se hace nuevo. Entendés sin explicaciones. La pena y la alegría dejan de pelearse; son la misma cosa, amable y áspera, como el buen vino. Entonces, en el medio de la llanura, el amor no es compañía. Es una señal de humo. Un fogón encendido en la distancia. No te saca la soledad, pero la hace habitable. Te dice que en otra parte, alguien también miró su fuego y pensó algo parecido.
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