Un hombre le habla a una pared. Está convencido de que, al otro lado, alguien lo escucha. Tiene la certeza de que sus palabras, más tarde o más temprano, obrarán el milagro: crear una puerta donde sólo hay cemento. Pura mitología. La cosa no funciona así. El universo no se altera con argumentos. Esa urgencia por corregir el pensamiento ajeno no es más que el disfraz elegante de un lamento. Un monólogo eterno. Se habla, se debate, pero en el fondo sólo se llora por un mundo que se resiste a plegarse a nuestro designio. Silencio. El movimiento verdadero es el contrario. No es afuera: es adentro. No es amplificar la voz: es bajar la mirada. No para mirarse el ombligo, sino para sacarle filo a la propia madera. No es una retirada egoísta: es una alquimia. Quien logra alcanzar ese centro, esa solidez callada, ya no necesita gritar. Simplemente, es. Y su presencia, por pura física elemental, transforma el espacio a su alrededor. Atrae. Seduce sin pretenderlo. No es que convenza. Es que su manera de habitar el mundo se vuelve, de pronto, irresistible. No gana discusiones. Sin proponérselo, empieza a ganar miradas. Su verdad deja de ser una palabra y se convierte en una evidencia. Ese es el único mensaje que vale la pena: el que no se dice. Los niños lo saben.
miércoles, 10 de septiembre de 2025
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