Vivimos apurados. Corriendo entre lo que viene y se va. Todo se adquiere y se reemplaza. Se cree que la vida es eso: una suma de instantes. Una colección. No es así. Pensá en una silla común. De esas que pasan desapercibidas. La usás para sentarte, nada más. Funciona. Cumple. Pero ahora imaginá que esa silla espera, años después, en otro lugar. No la recordás: la sentís. La curva del respaldo que se adaptó a tu espalda. La madera que conserva la marca de tus piernas. No era la silla. Era lo que ofrecía. El espacio que delimitaba. Ahí está. Lo bello no es un impacto. Es un lugar íntimo que se crea cuando algo permanece. Una construcción callada. Lo bello no se encuentra: se cultiva. Con la repetición. Con la permanencia. En este mundo de acumuladores, muchos confunden tener objetos con conquistar el mundo. Llenan espacios con cosas que no los contienen, porque no les dieron lo único necesario: constancia. Fidelidad. No tienen nada, porque nada los reconoce. Quedate quieto. Permanecé. No corras. Elegí un objeto cualquiera. Un mate. Una remera. Un banco de plaza. Esperá hasta que su utilidad se agote. Hasta que deje de ser lo que sirve y empiece a ser lo que es. Entonces va a emerger su textura real. Su matemática personal. Su verdadera forma. Esa presencia es la belleza. Y es tuya, porque le diste tiempo. Es la prueba de que no sólo pasaste: estuviste. Al final, te toca decidir: o sumás días al inventario de lo usado, o construís, con unas pocas cosas, ese lugar íntimo que, por habitado, te devuelve siempre a vos mismo.
domingo, 26 de octubre de 2025
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