Se miran. Creen reconocerse. Es un pacto. Prefieren la seguridad de las apariencias al desorden del interior. Por eso visten gestos prestados. No para engañar: para ocupar un lugar seguro. La sonrisa correcta. La palabra justa. Esa máscara es una promesa de orden. Pero debajo, late algo. Un calor confuso. Un gozo que no se parece a la risa que regalan. Algo que no sirve para ser mostrado. La pelea es con uno mismo. Es no rendirse a la comodidad de lo establecido. Es recordar el sonido de la propia voz, cuando no hay nadie escuchando. Llega un día en que el disfraz ya no ajusta. No por viejo, sino por el peso de lo callado. Y en ese desliz, se desnuda la verdad simple: el único sustituto que importa es el que usamos para reemplazarnos a nosotros mismos. Ahí termina todo. O tal vez, ahí comienza.
martes, 14 de octubre de 2025
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