La calle, plana, se doblaba en la barranca. Para el niño, no era un obstáculo. Era una invitación. Primero se subía a pie. Después con la bicicleta, con esas ruedas pequeñas y ese metal pesado. Al final, con la patineta, deslizándose sobre el cemento áspero. No se trataba de vencer el miedo. Se trataba de usar el cuerpo para entender el mundo. Era un acto puro. La felicidad de sentirse parte de la pendiente. El hombre mira el mismo lugar y ya no ve la invitación. Ve la caída. La bicicleta descansa inservible. La patineta duerme en el olvido. La libertad de entonces no era falsa. Sólo era un lenguaje que se ha olvidado. La vida no quita esas cosas. Las vuelve transparentes. Hasta que sólo queda la evidencia desnuda: que no hay barranca más profunda que el tiempo, ni ascenso más difícil que aceptar la quietud que crece en uno. Al final, el verdadero valor está en mirar la pendiente y saber que ya no se debe subir. Ese es el último aprendizaje: dejar que la calle quede atrás cuando el viaje, por fin, se vuelve interior.
martes, 25 de noviembre de 2025
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