Imaginate vivir cuarenta o cincuenta años sin saber cómo se ve tu sombra al sol de la mañana. La única sombra que conocés es la de la tarde: larga, deforme, cansada. Te acostumbraste a esa forma. Creés que es la correcta, la real. La que dibuja fielmente tu figura en el mundo. Un mediodía de verano, caminando, la ves por primera vez: pequeña, compacta, un lunar oscuro y perfecto, pegada a tus pies. No se parece en nada a la estela alargada que te acompaña al atardecer. No es un engaño. Es una verdad. Esa mancha oscura no es tu sombra. Es sólo la que hace el cuerpo cuando la luz cae desde arriba. No el cuerpo. La mirás. Y entendés que sólo en la posición exacta, bajo la luz adecuada, o ante los ojos precisos, revelamos la forma más pura de lo que somos. El resto del día, sólo proyectamos versiones extendidas y débiles de nosotros mismos.
domingo, 21 de diciembre de 2025
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