Forzar no sirve. El esfuerzo desbordado, por lo general, es la máscara del miedo. La vida no se toma por la fuerza. Se escucha. Como quien afina una guitarra: no se grita, no se empuja. Se toca la cuerda y se espera. Se ajusta hasta que el sonido sea claro, cierto. Se calla el ruido de adentro. Se deja de mirar tan lejos. El resultado es una trampa que nos vuelve torpes. Aflojar. Respirar. Ajustar la mirada, no la fuerza. Hacer menos, pero justo. Moverse en el espacio que las cosas ofrecen. Así se avanza: con precisión. Al final, queda la simpleza. El sonido de la lluvia en las hojas secas. La luz en el suelo. Nada que agregar. No se trata de empujar la vida. Se trata de que la vida te atraviese, en silencio, y vos simplemente coincidas. Se trata de no controlar nada. De permitir que la vida haga su parte.
sábado, 17 de enero de 2026
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