El niño inventaba historias. Era algo que pasaba, como crece el pasto. Sin motivo. Un reino privado, de puertas abiertas sólo para él. Llegó el día en que alguien miró a través de esas puertas. Y aplaudió. Entonces las puertas quedaron abiertas para todos. Las palabras empezaron a vestirse para salir. A calcular su efecto. La imaginación, antes un estado interior, se volvió una creación para otros. Esa distancia duele. Es el plano de una casa demolida. El hombre, ahora, a veces hace lo siguiente: toma una hoja. No para construir. Escribe una palabra. Luego otra. No siguen un rumbo. No tienen público. Las escribe por el sonido que hacen al nacer. Por lo que una canción le transmite. En ese acto no hay reparación. No hay regreso. Hay, simplemente, un gesto que coincide con otro gesto, separado por años. La misma mano. La misma verdad desnuda. Crecer es llevar la ausencia de aquel reino en la espalda, y aún así, encontrar la fuerza para escribir dos palabras juntas, sólo porque sí. Por el puro alivio de que sean tuyas, y de nadie más. Esa es la paz. Un pequeño territorio, reconquistado en silencio. Palabra por palabra.
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