La memoria es un terreno sin cercos. Allí, lo que una tarde fue arrojado al fondo de un pozo, sabe trepar. No hace falta ser erudito para verlo. Basta mirar hacia atrás. La vida de cada persona tiene esas fisuras: por ellas sube, lento, el peso que creímos dejar atrás. No es una aparición. Es sólo una verdad que tardó en secarse. En la historia de los pueblos pasa lo mismo. Lo que fue silenciado a gritos no se convierte en silencio; se hace semilla. Crece debajo. Un día, la tierra se agrieta y aparece un brote nuevo, verde y terco. No es un héroe. Es apenas lo que nunca aceptó desaparecer. Hay sueños que se acuestan por cien años. Pero duermen de lado, con un ojo abierto. Llega una mañana en que estiran los brazos, se levantan, y no piden permiso. Vuelven a caminar. Es simple: algunas ideas no tienen fecha de vencimiento. Por eso, ante la injusticia o el olvido, lo correcto no es la impaciencia. Es tener la calma de quien siembra. Lo que debe volver, vuelve. No es magia. Aunque todos estén entretenidos, siempre alguien, en algún lado, guarda la llave. El pasado no se despide. Se retira unos pasos y espera. A su hora, golpea la puerta con los nudillos de un hecho. Entonces todo se reordena. Lo que había caído, se incorpora. Lo que fue tapado, queda a la vista. Es una ley no escrita: lo que ha sido empujado fuera del cuadro, siempre encuentra el modo de entrar de nuevo en él. Y pinta, con sus propios colores, la parte que faltaba.
sábado, 17 de enero de 2026
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