Hay un momento en que se hace la cuenta. Sin drama. Es matemática. La edad, tal vez. Uno conoce el peso de cada segundo. Y, sin embargo, avanza. Porque ya no se tiene el motor de antes, pero tampoco se ha alcanzado la calma de los que llegan. Uno está en el medio. Mira atrás. ¿Cómo llegué hasta acá? Volver es imposible. Parar tampoco sirve: no se sabe estar quieto. La juventud no era otra cosa. Era movimiento. El gusto de gastar energía, sin pensar en reservas. Uno admiraba, en secreto, aquella máquina potente. Ahora la luz es otra. Más clara. Ya no le enorgullece aquella máquina. Y decirlo duele, porque sería admitir que lo que viene es distinto: no es salto, es paso. Un paso medido, hacia un lugar que ahora tiene nombre. Entonces no se detiene. Sigue. Porque parar sería extraño: ¿qué haría uno? La necesidad de avanzar se ha ido, pero el ritmo continúa. Es lo único que queda. Un paso. Luego otro. Dejar pasar los días. Pero con una certeza nueva. Es saber cómo funciona el reloj cuando ya no importa la hora. Las agujas giran. Y uno las mira, con atención, sabiendo que el tiempo no se usa. Se vive. Hasta que se acaba.
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