Existía un ritmo. Un latido constante. Hacer, ganar, avanzar. Era el compás que marcaba cada día. Creímos que era música. No lo era. La música era la falla en el ritmo. El instante en que el latido se distrae y se cuela el verdadero sonido. El nuestro. No importa lo que construimos. Importa la desviación que imprimimos a lo establecido. Durante años, escuchamos el lejano tambor y creímos obligatorio marchar a su compás. Pero la belleza no está en la marcha. Está en el pie que, por una fracción de segundo, toca el suelo de un modo distinto. En esa rebelión del acto. Somos compositores de variaciones mínimas. Nuestra obra no es la torre que levantamos, sino la sombra particular -sólo esa- que la torre proyecta a las cinco de la tarde, un miércoles de mayo. Algo que sucede así, únicamente, porque nosotros estuvimos allí. No se trata de seguir la partitura. Se trata de escuchar, con absoluta atención, el sonido único que producimos al respirar entre nota y nota. Ahí reside la firma. El sentido no se conquista. Se rescata de ese instante de distracción, de ese error hermoso y personal en la maquinaria perfecta del mundo. Allí donde el ritmo se pierde, allí estamos nosotros. Al fin.
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