Un vaso de agua no da la felicidad. La felicidad llega cuando el agua, dentro tuyo, mide la sed que había un instante antes. No es el agua lo que importa. Es la sed que saciás. Es un acto de comparación. Por eso el sediento con un vaso es más feliz que el rey con un lago. El rey no tiene sed. No puede comparar. La felicidad es siempre una medida invisible. Ponés lo que tenés ahora junto a lo que te faltaba: la luz junto a la oscuridad, el silencio junto al ruido, el pan junto al hambre. No es lo que llega. Es el vacío que eso viene a llenar. Sin vacío, no hay milagro. Sólo cosas. Así que no hay que acumular cosas. Hay que guardar, en cambio, algunas faltas. Algunos vacíos. Conservarlos como instrumentos de medida. La felicidad no es el agua en el vaso. Es la sed que te permite sentirla.
martes, 3 de febrero de 2026
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