Hay personas que viven rodeadas de cosas hermosas. Las miran, las eligen, las acomodan. Saben de maderas y de telas, de luces y de espacios. Pueden pasar una tarde moviendo un sillón hasta encontrar el lugar exacto. A veces se sientan y piensan que todo es hermoso. Y sienten una paz de catálogo. Después alguien se va. Una persona que solía estar ahí, en esa casa, en ese sillón. Que pasaba las manos por esas maderas. Quizás también hermosa, no importa. Uno vuelve a su casa, se sienta y mira todo. Está todo ahí, en su lugar, perfecto. Y por primera vez le parece vacío. Pasan los meses. Uno vuelve a mover sillones, a buscar la luz exacta. Pero algo cambia. Cuando mira las cosas, ya no ve las maderas ni las telas. Ve la ausencia. Ve unas manos que una vez estuvieron ahí. Una tarde, uno se sienta en ese sillón vacío. Apoya las manos donde otras manos estuvieron. Cierra los ojos. Y entonces entiende. No había amado esas cosas. Tampoco había amado esa belleza. Había amado tener, mirar, saber que estaban ahí. Había confundido el contorno con lo que importa. Esa persona, en cambio, no tenía contorno. No se podía comprar ni acomodar ni mirar como se mira un objeto. Y sin embargo, ahí estaba. En ese sillón vacío. En ese lugar que las cosas no pueden llenar. Uno cree que ama cuerpos, formas, apariencias. Y un día descubre que todo eso se queda pero no alcanza. Lo que importa no se puede mover unos centímetros para que la luz lo haga brillar. Lo que importa es eso que estaba ahí cuando las manos de otro tocaban lo mismo que uno toca ahora. Uno abre los ojos. Las cosas están ahí, en su lugar, perfectas. Pero uno ya no las mira. Mira el sillón vacío, y entiende. Lo único que vale la pena es lo que no tiene forma. Lo que cuando se va, deja las cosas en su lugar pero todo más vacío. Es simple. Tan simple como apoyar las manos donde otras manos estuvieron, uno encuentra algo que ninguna cosa hermosa ni ningún rostro perfecto había podido darle.
jueves, 26 de febrero de 2026
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EL CONTORNO
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