Hay conversaciones que duran años. Al principio son cosas simples. Lo que pasó hoy. Lo que hay que comprar. Una serie que vimos. Después, con el tiempo, empiezan a cambiar. No las palabras, sino lo que pasa entre ellas. Uno puede estar callado y el otro no pregunta. Puede estar triste y el otro no dice nada, pero acerca el mate, deja la luz prendida, hace el ruido justo para que sepa que no está solo. Eso no ocurre en un día. Ocurre con los días. Como el camino que se hace de tanto caminar. Nadie lo decide. Un día mirás y el camino ya está. Después, un día cualquiera, uno dice algo. Algo que nunca había dicho. Algo que tal vez no sabía. Y el otro escucha. Y cuando responde, responde justo ahí. Donde las palabras no llegan. Responde a eso que uno nunca pudo poner afuera. No es que el otro entienda. Es que estuvo todo el tiempo. Vio los defectos, los silencios, los días malos. Vio lo que uno esconde. Y se quedó igual. Uno puede encontrar a alguien que lo entienda por un par de días. Eso pasa. Es lindo, pero pasa. Lo otro es distinto. Lo otro es alguien que se queda. Alguien que ve lo mismo que uno ve pero desde otro lado, y sin embargo algo coincide. Alguien que, después de años, sigue ahí. Con esa persona, un día, las palabras dejan de ser necesarias. No porque uno se entienda sin hablar -eso no es cierto- sino porque lo que había que decir ya se dijo. Y lo que queda no necesita palabras. Está en la costumbre. En el sonido de los pasos. En las cosas que permanecen en el mismo lugar. Eso no se busca. Ocurre. Con el tiempo. Con lo que se rompe y se arregla. Con lo que se pierde y después aparece. Con los años, que son la única cosa que realmente tenemos. Uno puede vivir sin eso. Casi todos lo hacen. Pero cuando eso está, uno lo sabe. No porque sea perfecto. No porque duela menos. Sino porque cuando volvés, al final del día, hay alguien. Alguien que está.
jueves, 26 de febrero de 2026
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