martes, 24 de febrero de 2026

LOS MUÑECOS

     Cada vez que alguien habla en nombre de todos, yo miro las manos. Las manos de quienes escuchan. Porque las palabras pueden acomodarse en cualquier forma. Pero las manos, no. Las manos, cuando algo verdadero las atraviesa, se cierran o se abren. Se ponen tensas, o se abandonan. En los discursos de ahora, las manos están quietas. La gente se queda así, con los brazos cruzados, o los dedos sobre la pantalla. Miran. Y las palabras pasan, una detrás de otra, como mercadería en una vidriera. Se puede vivir sin esas palabras. Lo extraño no es que los políticos repitan siempre las mismas mentiras. Eso es viejo. Lo extraño es que nos hayamos acostumbrado, que ya no esperemos otra cosa. Que hayamos aprendido a vivir en dos partes: una que va al trabajo, paga cuentas, abraza a los hijos; y otra que mira a los que deciden, como quien mira una serie y sabe que, al final, todo seguirá igual. En algún momento, la política dejó de ser un asunto de verdad para ser un asunto de presencia. Importa quién habla más fuerte, quién ocupa mejor la pantalla, quién sonríe en el momento justo. La verdad es un ruido incómodo. Preferimos lo que brilla, lo rápido, lo que no exige detenerse. Por eso nadie corta los hilos de los muñecos. Porque ya no hay enojo. Hay letargo. Hay un acuerdo silencioso: ustedes dicen, nosotros miramos. Mientras la vida siga ahí, con sus cosas concretas -la comida, el sueño, el amor- todo lo demás es un juego que se juega a medias. Hasta que un día, sin que pase nada especial, uno se da cuenta. Está sentado a la mesa, o en el colectivo, o mirando un rato el techo antes de dormir. Y piensa: ellos hablan siempre, pero yo no escucho. Nadie escucha. Todo ese ruido no va a ningún lado. Y lo que importa, lo que duele, lo que abraza, lo que se come, lo que se ama, todo eso pasa acá, en este lado, donde ellos nunca están. Ese momento no tiene nombre. Pero es el único momento verdadero. Porque en él, sin consignas, la gente comprende que el juego no es un juego. Que la parte de la vida que entregaron no era la de mentira. Y que los muñecos, al final, no se caen solos.




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