Aprendió en la calle. No había otra. Un hombre que lloraba. Gente que corría sin que nadie los persiga. Después llegó el éxito. Le dijo: vas a ser otro. Él quiso. Se puso frente a las luces. La gente lo miró. Por un tiempo bastó. Una noche volvía solo. Vio a un viejo en un banco, comiendo algo envuelto en papel de diario. No quería ser visto. Sólo estaba. Y él sintió algo. Como si todo lo que había construido fuera una casa de cartón. La lluvia la iba a deshacer. En una esquina compró una focaccia. Estaba tibia. La mordió ahí, parado, mientras unos pibes pasaban en bicicleta. No pasaba nada. El pan tenía gusto a pan. Pensó que tal vez la vida era eso: un pan tibio y una vereda. Nada más. Pero todo. Mordió otra vez. Y en la miga caliente entendió que hay que ser fuerte para quedarse en el borde de las cosas simples.
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