Vivimos convencidos de que la alegría y la tristeza están separadas. Error. Son la misma cosa. Como un latido: sube y baja, pero es uno solo. La intensidad no elige. Un momento pleno tiene algo de pérdida. Un momento triste tiene algo de claridad. No hay que clasificar. Hay que estar. Cuando dejás de preguntarte si esto duele o da gusto, ya estás adentro. Y adentro no hay preguntas. Hay un segundo perfecto que no necesita nombre. Esa es la vida. El resto es trámite.
viernes, 1 de mayo de 2026
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