A veces uno se agarra a una tabla. No porque quiera. Sino porque el agua está fría y el horizonte se desdibuja, allá lejos. Y uno flota así. Y cree, con toda el alma, que esa tabla lo salvará para siempre. Pero llega la realidad. Y viene con olas. Y la tabla se parte. O se la lleva la corriente. Y entonces uno vuelve a quedar en el agua, solo, pataleando. En ese momento dan ganas de maldecir a la realidad. De gritarle que no tenía derecho. Pero la realidad es la que está. La que siempre ha estado. La que nunca prometió ser un puerto. Nosotros necesitamos esas tablas porque solos no podemos. Porque el agua es honda. Porque da miedo. Las aferramos con fuerza. Apostamos a que nos sostendrán. Cerramos los ojos y confiamos. Esa es la jugada: entregarse a algo que parece firme, aunque sea pequeño, aunque flote apenas. Por eso, cuando la tabla se rompe, no hay que maldecirla. Hay que agradecerle el rato que nos tuvo a flote. Y después, sí, soltar los pedazos. Dejarse llevar un rato. Y buscar otra tabla. Más pequeña. Más simple. Sin rencor. Porque la realidad, al final, es la única que te deja las cosas claras. Recién lavadas. Y te da la oportunidad de volver a flotar. Otra vez. Con menos miedo. Con los ojos abiertos. Así, nomás. Como viene.
miércoles, 11 de marzo de 2026
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