A veces uno se sienta con un papel y un lápiz, y quiere entender. Piensa que si ordena bien las ideas, va a encontrar una respuesta. Y escribe. Hace listas. Busca motivos. Construye frases que expliquen por qué duele, por qué no, por qué sí. Pero llega un momento en que eso no alcanza. Algo se despierta en el pecho. Una presión. Un calor. Algo que no se deja escribir. El pensamiento empieza a dar vueltas alrededor, como un perro que no encuentra la puerta. Quiere ordenar lo que no tiene orden. Quiere ponerle nombre a lo que no responde. Entonces uno se cansa. Mira el papel lleno de palabras y de pronto no entiende nada. Todo ese esfuerzo por atrapar el mundo en una red de razones no sirvió para nada. El nudo en el pecho sigue ahí. La razón es útil para muchas cosas. Para vivir, no tanto. En la oscuridad de la pieza, solo. Sin lápiz. Sin papel. Ahí se entiende que hay cosas que simplemente están. Y que lo único que importa, a veces, es dejarlas estar. Respirar hondo. Sentir el peso del cuerpo contra la cama. A la mañana siguiente, el nudo quizá sigue. Pero ya no duele igual. Porque uno dejó de pensar en él. Uno lo aceptó. Y esa aceptación, esa pequeña rendición, es lo más parecido a la paz que vamos a conocer. Después de todo, el mundo no se entiende. Se habita. Y habitar es simplemente eso: estar. Sin explicaciones. Con el pecho apretado, con miedo, con todo. Pero estar. Ahí nomás. En lo que hay. En lo que duele y en lo que no. En lo que no tiene nombre y, sin embargo, pesa.
martes, 10 de marzo de 2026
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