El rostro es lo único que uno no puede verse a sí mismo. Lo llevamos toda la vida, pero nunca lo conocemos de verdad. Por eso existen los demás: para que podamos mirarnos en ellos. Cuando alguien nos mira, existimos de una manera que no podemos construir solos. Esa mirada nos completa, nos da una forma que el espejo jamás alcanza. Porque el espejo sólo devuelve lo que ponemos. El otro, en cambio, nos devuelve lo que somos sin saberlo. Por eso necesitamos vivir entre personas. Uno se completa en ellas. Lo que creemos ser en soledad no es más que un borrador. Lo verdadero ocurre después, cuando salimos al mundo. No se es antes de ser visto. Se es mientras sucede algo con otro. Así que no insistas con el espejo. Buscá el borde de una mesa donde alguien apoya los brazos, el respaldo de una silla donde otro deja la espalda después de un día difícil. Ahí, sin que lo notes, tu verdadero rostro estará formándose. Porque el espejo es quieto, pero la vida es movimiento. Y sólo en ese ir y venir, en el roce con otras miradas, nos volvemos reales.
martes, 3 de marzo de 2026
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