miércoles, 4 de marzo de 2026

GRIETAS

     Los que no piensan, no están. Uno se los cruza en la calle, tienen nombre, oficio, pero no hay nadie. Hablan, y de su boca no sale nada: son cajas huecas, de esas que hacen ruido al moverse pero no contienen. Luego están los que llenaron la cabeza de cosas que no les pertenecen. Gente que aprendió el mapa de memoria y confundió el mapa con el territorio. Citan, repiten, asienten. Buscan la confirmación. Si rascás un poco, no encontrás tierra: sólo más papel. Con ellos tampoco hay encuentro. Y existen los que miran todo desde una distancia segura: ven el incendio y comentan la temperatura. Poseen una opinión para cada cosa, y ninguna herida. Con esos es mejor no empezar. Los otros, los que importan, piensan. Son los que sostienen una idea como quien sostiene un vaso de agua en medio del temblor. Puede caerse, puede romperse, pero mientras tanto ahí está, temblando. No son muchos. Pero cuando aparecen, no hace falta hablar de todo: basta con hablar de algo. De cualquier cosa. Porque hablan con lo que son. En ellos habita la negatividad: la duda, la búsqueda, el no-saber. No son superficies pulidas donde todo resbala; tienen grietas, demoran, sostienen la mirada. Con ellos se puede todo: estar en silencio, discutir, callar y seguir conversando. No intercambian información: reciben. Y entonces, de pronto, ya no hace falta explicar nada. Ahí está todo. Los demás -los huecos, los repetidores, los que habitan la transparencia alegre de quien nunca pagó el precio de pensar- que sigan su camino. Uno tiene poco tiempo. Mejor guardarlo para los que están despiertos. Para los que piensan. Para esos que saben que el pensamiento no es un contenido, sino un temblor. Y que el único lugar donde el mundo no termina, es ahí.




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     Los que no piensan, no están. Uno se los cruza en la calle, tienen nombre, oficio, pero no hay nadie. Hablan, y de su boca no sale nada...