Uno se pone una máscara cada mañana. No para engañar. Para que el día funcione. La ajusta frente al espejo mientras se cepilla los dientes. Sonríe un poco, ensaya algún gesto de interés. Sale a la calle. El asunto es que haría cualquier cosa por la otra persona. Cualquier cosa. Cambiar el plan, la comida, el horario de dormir. Reírse de chistes que no le hacen gracia. Ver series que le resultan aburridas. No es mentira. Es otra forma de decir te quiero, una forma que ocupa todo el espacio y no deja lugar para decir hoy no. La máscara, después de un tiempo, se mantiene sola. Como una costumbre. Pero la tristeza, que está abajo, no desaparece. Sólo se aplaza. Y uno se olvida de que la persona del otro lado quizás nunca pidió una máscara. Quizás pidió justo lo contrario. Un día cualquiera, en la cocina, mientras corta un tomate, a uno se le ocurre una idea simple: ¿y si la saco? No hay estrépito. No hay un discurso. Sólo deja la máscara apoyada sobre la mesada, al lado del cuchillo. Y dice: Mirá, estoy cansado. Triste, en realidad. ¿Viste? La otra persona levanta la vista. La mira. Y dice: Ah, bueno. ¿Te hago un café? Y ahí uno entiende. La máscara no protegía a nadie. Sólo impedía que la otra persona entrara a la cocina.
lunes, 1 de junio de 2026
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