Después del golpe, quedás en el piso. Pero no hay vergüenza en eso. Es un hecho: es la ley de la física. Ahora medís el suelo con la espalda. Esa frustración tiene una virtud mínima: te volvés experto en gravedad. El mundo, mientras tanto, sigue. Y aquí aparece el primer engaño. Porque muchos te dirán que debés levantarte rápido, que el tiempo perdido es una ofensa, que el dolor se arregla con movimiento. Esa urgencia por la cura es la violencia más sutil. Te convierte en una cosa. Pero la verdad nunca es tan diáfana. Alguien asegura que hay que atravesar el sufrimiento como si fuera una pared transparente. Otro sostiene que hay que detenerse, mirarlo fijo, dejar que pudra. ¿Quién tiene razón? Nadie del todo. Podrías estar equivocado o tener razón. Y esa incertidumbre no es una debilidad: es el único terreno firme. Porque la superación no consiste en anular el pasado. Consiste en cargar con él sin que te rompa los huesos. En aceptar que su propia visión es parcial, frágil, manchada -y aún así, seguir sosteniéndola-. El mundo complejo no premia a los seguros. Premia a los que, sabiéndose inciertos, deciden un camino. Así que levantate. No por obligación. No para demostrar nada. Levantate porque el piso es un lugar tedioso para la inteligencia. Poné un pie delante del otro, sin épica. Y cuando alguien te pregunte si estás curado, si ya lo superaste, si encontraste la salida, mirá a los ojos y decí: No lo sé. Pero acá estoy. Esa es la única contundencia que vale.
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