No creo. No es una decisión. Es un hecho: mis manos no se cierran si no hay algo adentro. Veo a la gente que reza. Juntan las manos como si sostuvieran un pájaro. Yo sostengo una taza. El fondo de la taza tiene una raya pequeña. Paso el pulgar por esa raya. Esa raya es mi verdad. Me siento en una silla de madera. La silla cruje. El crujido tiene un nombre exacto: peso. Me gusta el peso. Me gusta la luz que entra por la ventana y abriga a mi gato. Mi gato tampoco reza. Va de un lado a otro. Si hay un dios, debe ser un artesano aburrido. Alguien que trabaja con materiales simples: el filo de una hoja de afeitar, el ruido de una llave que no entra, la cicatriz blanca en la rodilla de un chico. Nada más. Nada menos. El milagro está en no necesitar milagros. Está en bajar la mirada. Está en decir: esto que veo, esto que toco, esto que duele, alcanza.
sábado, 11 de abril de 2026
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