A veces el alma no está bien. No sabe por qué, pero algo le queda incómodo, como un ruidito que no para. Eso es la disonancia. Y la conformidad es como una tela fina que uno pone para tapar ese ruido. Para no escuchar. Todos la usan. Parece que sirve. Pero la disonancia, cuando es verdadera, no se calla. Pide un grito. No un grito enorme. Ni uno violento. Un grito justo. Uno que atraviese la tela y la rompa. Y cuando la tela se rompe, entra algo que parece aire pero es otra cosa: la propia vida, sin disfraz. Así nomás.
viernes, 10 de abril de 2026
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