Sobre la arena, dos hombres se pasan una pelota. El objeto viaja de un cuerpo al otro con una precisión sencilla. No hay red, no hay arco. Sólo la exigencia de que la pelota no toque el suelo. Lo que los dos ignoran es que aquello no es un juego. Es un juicio. La regla, secreta, establece que el que demuestre mayor destreza será condenado a repetir este mismo acto hasta el fin de sus días. Convertido en prisionero de su propia perfección, deberá enfrentarse siempre a nuevos adversarios en la misma playa. El que falle, en cambio, obtendrá la libertad: podrá alejarse, mezclarse con la multitud, vivir sin gloria. La pelota está en el aire. Uno de los dos, todavía sin saberlo, está a punto de perder. Y esa derrota, precisamente esa, será su única victoria.
miércoles, 1 de abril de 2026
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