No es frecuente que la luna se muestre durante el día. Aparece como una forma pálida y casi transparente, una insinuación de sí misma en un cielo que no le corresponde. La vemos y sabemos que está allí, pero su luz resulta inútil contra el sol, su presencia es un desajuste. Sin embargo, ocurre. Y no por eso deja de ser luna. Sucede igual con ciertas certezas que nos inculcaron: que el amor debe ser una batalla, que el trabajo justifica la vida, que la felicidad se mide en metas alcanzadas. Nos entrenaron para no mirar hacia arriba en horas impropias. Nos enseñaron que lo verdadero ocupa su lugar y su hora, que lo real se impone con claridad meridiana. Cualquier desvío era una herejía. Pero el cielo no le pide permiso al reloj. Al final, la luna siempre se pone, incluso de día. El sol recupera su sitio y las sombras vuelven. Pero quien la ha visto, quien sostuvo la mirada sobre esa forma tenue contra el azul, ya no podrá olvidar que el orden de las cosas es apenas una convención. Que lo que no suele ser como debe ser, a menudo, es lo único que merece ser mirado.
martes, 21 de julio de 2026
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