Con los años aprendí que hay que guardarse ciertas cosas. No por desconfianza. Sino porque hay cosas que llevamos dentro que son como semillas. Los sueños, por ejemplo. O esas palabras que nos decimos a nosotros mismos cuando estamos solos. Si las compartís con cualquiera, se pierden. La gente no siempre sabe qué hacer con ellas. Las dejan caer. Antes contaba todo a casi todos. Hasta que entendí que no todo el mundo tiene un jardín para lo que sembrás. Ahora pienso dos veces antes de regalar una palabra. Las sonrisas verdaderas las cuido como quien cuida el fuego. Porque uno no es un pozo infinito. Somos agua que no vuelve. Y si la das cuando no toca, luego no tenés para cuando de verdad hace falta. Pero tampoco se trata de esconderse. Al final entendí esto: guardás lo que guardás no por tacaño, sino por respeto a lo que llevás dentro. Y así, cuando llega alguien que de verdad merece recibir, entonces sí. Entonces das. Y todo lo que das, vuelve. Como si siempre hubiera estado esperando ese momento. No es fácil. A veces me equivoco. Pero aprendí que hay silencios que cuidan y palabras que esperan su momento. Y que el mejor regalo no es el que das a todos, sino el que das cuando sabés que será recibido como lo que es: un pedazo tuyo.
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