La gente elige una cara cada día. Se levantan, se miran al espejo y eligen. Un trabajo que empieza temprano y no termina nunca. Las toman de acá y de allá. Roban una sonrisa que vieron, una mirada que les gustó, un gesto que funciona. Las prueban. Las usan. Con los años, ya no saben cuál era la de ellos. Si es que alguna vez tuvieron una. Van por la calle con esa cara puesta. En las vidrieras se miran, pero no se miran a ellos: miran la cara, para ver si está bien, si aguanta un día más. A veces, un descuido. Alguien espera y, por un momento, se olvida. La cara se corre un segundo y se ve otra cosa. Algo simple. Algo que no se puede comprar. Pero dura poco. En seguida la acomodan y siguen. La gente le tiene miedo a eso: a lo simple. Por eso eligen caras todos los días. Prefieren el trabajo de fingir antes que quedarse con lo que tienen. Pasan los años. Las caras se gastan. Pero las siguen usando. Ya no sabrían quiénes son sin ellas. Uno piensa que la verdad es esa: la gente prefiere una buena mentira antes que una verdad que no sabe llevar. Después, uno se va a dormir. Antes de apagar la luz, se mira al espejo. Y ve una cara. Una sola. Y piensa si sacársela. Pero no. Mejor dejarla. Mañana hay que salir.
sábado, 7 de marzo de 2026
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