viernes, 5 de junio de 2026

LA CEREMONIA DE IRSE

     Con los años se aprende una cosa: el tiempo no es un enemigo. Es un material. Como la arcilla o la madera. Uno lo recibe y decide qué hacer. Al final, lo único sensato es dejar de pelearse. La muerte no da miedo. Da compañía. Está ahí, al costado, como una vecina que no molesta. Uno la saluda al levantarse y sigue con lo suyo. No hay terror. Hay una forma de respeto. Y, a fin de cuentas, qué se le va a hacer: ella también es parte de uno. Lo que se desea, en verdad, es simple: que los últimos días no duelan. Nada de heroísmos. Nada de discursos. Un cuerpo quieto. Una mente sin tormenta. Y alguien cerca, si se puede. Porque lo extraño -y esto es hermoso- es que en medio de todo este desastre, uno tuvo un lugar. El mundo es violento, torpe, ruidoso. Pero adentro de ese desorden, hubo alguien que dijo "escuchá". Y uno escuchó. Ese sentimiento no arregló nada. No detuvo el tiempo ni curó los huesos. Pero hizo que el caos tuviera un centro. Una dirección. Como si en una habitación a oscuras, alguien hubiera encendido un fósforo. No la luz. Ahora ya no está. Y uno está un poco más solo. Pero no vacío. Me he puesto grande, ya ves, sólo le pido a la vida que no me duela. Uno se va entonces sin quejas. No porque todo esté bien. Sino porque todo, al fin, tuvo un sentido. Cierra los ojos. Y ya.




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