Hubo una costumbre, una vez. La gente se reunía en la vieja cárcel, clausurada hacía años. No por rebeldía ni por coraje. Iban porque los lugares limpios les resultaban insípidos. Se sentaban en celdas sin puertas, compartían una botella, miraban las grietas. Nadie decía "esto es raro". Eso se daba por sabido. Con el tiempo, algunos dejaron de ir. No porque estuvieran mejor. Porque crecieron. Y crecer, a veces, consiste en entender que el fondo de un pozo no es un lugar aconsejable. Que la belleza de lo roto no justifica quedarse. Aprendieron a estar en otra parte. Otros se quedaron. Y una noche, sin aviso, la cárcel volvió a quedar vacía. No hubo festejo. Sólo eso: algunos aprendieron a salir. Los otros, quizás, también. Pero más tarde.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
SALTAR
La crisis no pide permiso. Llega. Desordena. Y el mundo, de golpe, queda en otro lugar. Como una casa después de una mudanza. En ese de...
-
Uno piensa una cosa, y dice otra. O promete algo, y no lo realiza. Es una ruptura. Un desgarro. Si se repite, cansa. La opción es simpl...
-
Una puerta. Está el afuera, y el adentro. Abrir es un acto sencillo: permitir el paso de un lado al otro. La dificultad reside en lo q...
-
Un hombre cruza la calle. Lleva las manos en los bolsillos y camina como si ya supiera adónde va. En la esquina, una mujer espera el c...
No hay comentarios:
Publicar un comentario