Ciertas mañanas el mundo amanece ligeramente descentrado. No se nota a simple vista, pero se siente en los huesos: todo está donde siempre estuvo, sólo que ya no es tu lugar. Uno ha construido con cuidado. Una vida ordenada, afectos previsibles, un futuro dibujado con líneas firmes. Y luego, sin aviso, las líneas empiezan a temblar. No porque algo vaya mal, sino porque lo que iba bien ya no dice nada. Las cosas que no dijiste vuelven a hacer ruido. Los caminos que no tomaste crecen como yuyos entre las fisuras de lo que construiste, y uno se pregunta si será por esos movimientos que miran los que creen en las estrellas. No sé si la gente mira eso. Pero algo se mueve, eso seguro. Hay una violencia silenciosa en mirar atrás y no reconocerse. En encontrar, entre los papeles guardados, un deseo escrito de puño y letra que ya no recordás haber tenido. Uno se pasa años intentando hacer una pieza perfecta, sin entender que la fisura es lo único que no miente. Entonces, en algún momento, algo se afloja. Bajás la guardia. Dejás de querer entenderlo todo. Y ocurre algo extraño: justo ahí, en esa rendija, aparece una claridad pequeña y pobre, pero tuya. No hay respuestas grandes. No hay finales que curen nada. Sólo la luz de una lámpara encendida a destiempo, un papel doblado en un cajón, la mano que empuja la ventana, el aire que entra, la respiración. Y descubrís que empezar de nuevo no es recomenzar. Es aceptar, por fin, que nunca hubo un orden que valiera la pena. La respiración, el momento en que abrís la ventana, el mundo que entra y te encuentra despierto. Eso es todo. La ventana abierta, el aire, la respiración.
lunes, 9 de marzo de 2026
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