La certeza es algo que cabe en la palma de la mano. La gente, sin embargo, prefiere los grandes sistemas. Recorre caminos enredados, construye teorías que no cierran, viaja años para llegar a ninguna parte. Un hombre perdió las llaves. Buscó durante horas. Revisó cada bolsillo, cada cajón, cada rincón de la casa. Nada. Entonces, cansado, se sentó en el suelo. Y allí, a simple vista, estaban las llaves. Las había dejado caer al entrar. Para encontrarlas, no hizo falta más que mirar con atención. Pero él había perdido todo ese tiempo en pensamientos complicados, en sospechas inútiles, en recorridos imaginarios. Mirar el suelo fue todo. Volvió a su casa -porque en realidad nunca se había ido-, dejó las llaves sobre la mesa. Y ya no hizo falta nada más. No se trataba de una revelación. Tampoco de una enseñanza moral. Sólo de un gesto mínimo: la forma de la respuesta. Algo que se tiene en la mano, no en la cabeza.
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